El vuelo fue desesperadamente largo, antes de despegar estuvimos una hora o más detenidos en el tráfico de aviones. Casi diez horas en un asiento de dimensiones incómodas. Escuché, platiqué, comí un par de veces, fui al baño sin necesidad, dormí y desperté una y otra vez, y las nubes aún estaban debajo.
Nueva York, otra vez tu.
Esta segunda vez nos conocemos, tenemos una relación que ha dejado de sorprenderme, lo cual agradezco.
“Welcome back!” Me dijo el agente de aduana. Siempre temo a los de su clase, ruego en la fila de no residentes porque el oficial en turno esté de buen humor.
Destino final, estabilidad alquilada.
No vuelvo a casa, mi casa es la capital de un país vecino que a traviesa por una brutal guerra civil, que reporta inocentes muertos cada mañana en los informativos que leo a la distancia. Aterrizo a destiempo, a esta realidad paralela en la que desperté hace exactamente un año, que me desmembró de todo lo que hasta ese momento creí que era.
Dejarlo todo y a todos es una experiencia vivencial. Aún no sé cómo comenzar a describir lo que realmente significa empezar de cero. Todo y todos aquellos que forman parte de tu vida, desaparecen. Tu trabajo, no lo tienes que hacer. La estación de radio a la que vas cada noche a hacer un programa para el que te preparas durante el día, no está aquí. Tu padre, al que ves de lunes a viernes a las 10PM, no está aquí. Tus compañeras de casa con las que tomas café por las mañanas, y comes lo que haya por las tardes, no están aquí. La comida que compras en el supermercado al que vas caminando, no está aquí. Tus amigos, con los que compartes la existencia, no están aquí. La ausencia es irreversible.
La conciencia de la pérdida sorprende después, silenciosa e intempestivamente con la naturalidad de una lógica superior que de un paso a otro, en cualquier calle del East Village, se nos revela. Los pies no titubean, continúan.
Después del asombro por la otredad, un periodo atemporal en el que el desprendimiento es automático para el curioseo, sólo queda la soledad y la incomprensión.
Caminé y caminé, dicerní. Suponiendo en la contemplación del que lentamente se asume como extranjero, que el entendimiento no es una estación del metro.
Aterrizamos en un día nublado del verano neoyorkino. Calor repugnante, húmedo. Unos minutos en la calle distinguen a los que sudamos hasta por el bigote, de quienes a cuarenta grados no segregan una sola gota. En el metro decidí sonreirle a la que se reía enfrente de mi, por unas líneas en unas hojas impresas que iba subrayando, en otros tiempos de mayor inseguridad, me hubiese resultado casi impropio semejante deliberación en un encierro transportista, en el que todos sabemos que nadie puede demostrar mundanidad. Hubiera querido saber de qué se reía.
Yo no soy de aquí y usted tampoco, sin embargo, cedemos a las convenciones sociales que nos mantienen aparentemente indiferentes en los espacios comunes.
Mi país está aquí abajo, y afortunadamente, a la hora que me de la rechingada gana me regreso.
La línea A que viene desde Howard Beach en el aeropuerto, me deja en Hoyt, en ese momento es un lujo no tener que trasbordar, camino unas pocas calles a la que será mi casa durante el próximo año académico. Es un barrio silencioso de casas construidas a lo alto y a lo largo. La habitación del cuarto piso, que da a la calle, es la mía. Tiene un futón, tres estantes que ocuparán los libros que aún esperan en Bushwick y un armario vacío.
Llego a esta ciudad, que no es ni será mía, pero con la que tengo un acuerdo de paz. No tengo la menor intención de salir a caminar, de estrenarme como habitante de esta zona de Brooklyn. Elegí esta casa o esta casa me eligió a mi, para darle mejores condiciones a mi soledad.
De un momento a otro, sin ser conciente de ello, se extinguió la necesidad de pertenecer, al contrario, aceptando que no perteneceré aquí como tampoco volveré a pertenecer a ninguna de las casas que antes habité o habitaré, el exterior ha dejado de ser un espacio de incesante búsqueda de mi misma, para convertirse en un paisaje peculiar que resulta ser circunstancial.
La lucha por la conquista espiritual de Nueva York está perdida desde que se aterriza. Esta es tierra de nadie. La que parece ser la ciudad a donde las personas vienen a ser alguien, ese alguien que siempre han querido ser, es también a donde otras personas venimos a no ser nadie, ese nadie que siempre hemos querido ser, para escapar de todas y cada una de las sociedades a las cuales accedemos, de manera literaria, a través de las primeras planas.