The Clock de Christian Marclay
Lunes, febrero 21st, 2011¿Cuánto tiempo son diez minutos? ¿Una hora? ¿Un segundo? ¿Cuánto tiempo son los siete meses que llevo viviendo en Nueva York? ¿Qué significa “siete meses”? ¿Cuánto tiempo son doce horas sentada en un sillón viendo The Clock? ¿Cuánto tiempo son tres horas de pie afuera de la galería Paula Cooper? ¿Cuánto tiempo son los años que ocuparon a Christian Marclay realizando una película de veinticuatro horas construidas a partir de incontables escenas de otras películas en las que el tiempo determina la narrativa, que descontextualizadas contribuyen a una nueva obra de arte donde el tiempo es un elemento estético?
La nieve comenzó de derretirse hace unos días, la ciudad recupera su antigua apariencia. El hielo y el frío se extinguen como si nunca hubiesen estado ahí, de pronto olvidamos el fenómeno natural que hace tan poco torturaba y embellecía nuestro día a día. La temperatura sufre una crisis de identidad entre los legados del invierno infernal y el comienzo de la primavera que se deja anunciar en algunos rayos de sol que para mi sorpresa, calientan.
El primer día del final del invierno se proyecta por última vez The Clock en Nueva York, esta vez, mi tercera visita a la galería, la exhibición ya ha sido altamente reseñada y recomendada en los diarios locales, consecuentemente, los interesados son más o menos mil al día. Tan sólo un aproximado de siete mil personas asistió a lo largo de poco más de un mes. Formados en las mejores condiciones climáticas del año, que influyen dramáticamente en nuestro estado de ánimo, esperamos cualquier cantidad de tiempo para satisfacer una suerte de adicción que hemos desarrollado a The Clock.
¿Cuál es el efecto de The Clock en el público? ¿Por qué retirarse de la sala de cine en la que se ha convertido esta galería es tan difícil? ¿Por qué resulta tan atractiva? Porque es impredecible. Porque a diferencia de un filme tradicional donde se cuenta una historia en dos horas, esta obra cinematográfica es cada minuto de sus mil cuatrocientos cuarenta, una sorpresa, un logro de coherencia, técnica, narrativa, conceptual, discursiva. Vemos una escena de La Máquina del Tiempo en la cual el reloj sobre la chimenea marca la hora en la que estamos viendo la escena mientras en la misma los personajes discuten sobre la posibilidad de manipular el tiempo y viajar en éste. O una escena de Hook en la que en el País de Nunca Jamás donde no pasa el tiempo ni se envejece, en una tienda de relojes el hijo de Peter Pan los destruye.
Porque tiene momentos en los que reconocemos actores, escenas, bandas sonoras, detalles de otras películas que en circunstancias convencionales han merecido nuestra atención, que olvidadas o no, probablemente no habíamos considerado desde una perspectiva temporal que se extiende al escenario donde los seres humanos están de hecho sentados observando los relojes y personajes en la pantalla, en blanco y negro, a color, antiguos, modernos, despertadores, de pared, el Big Ben, de arena, de oro, digitales, y aquellos en los teléfonos celulares o las manos de quienes habitan los sillones.
El tiempo es despojado de la utilidad para la cual fue estructurado y redescubierto como un fin en sí mismo. El tiempo es el protagonista de una historia de multiplicidades que logran una narrativa de narrativas yuxtapuestas. Una uniformidad de pluralidades dispuestas a una compatibilidad extraordinaria que compone visual y musicalmente una pieza de lo intemporal.
El placer de la cotidianidad, de los sueños, las pesadillas, los crímenes mientras los demás dormían, los amantes, los amaneceres, de los despertares, de las alarmas sincronizadas, de los días que comienzan a ser vividos, de los ciclos de insomnio cumplidos, de los seres humanos que en distintas épocas desde que el cine existe y al cual se le brinda homenaje, que toman un baño, los diferentes baños, las tinas, las duchas, los ríos. Los desayunos, las mesas, las comidas, los que van a trabajar, a la escuela, las mañanas en casa, en las oficinas, los medios días, los restaurantes repletos, los meseros, las copas de vino, los niños. Las bombas que van a explotar a las tres, los que llegan tarde.
¿Cuántas preguntas nacen en doce horas frente a The Clock? ¿Qué hicieron primero? Probablemente conseguir escenas con relojes que den todas las horas? ¿Fue un problema conseguir los derechos de las escenas? Quizá esa es la explicación al mayor uso de películas antiguas que actuales. ¿Cuál es la película más reciente que se usa? Creo que es Saw. ¿Cómo se conecta una escena a otra? Si en ambas se menciona la misma hora o la hora y el minuto siguiente, o si en la escena primera una acción puede complementarse con la acción de la escena segunda, si en la escena primera se menciona un acontecimiento que se lleva acabo en la escena segunda, si se repite la actividad, si se responde a una pregunta o se continúa un discurso, si comparten una escenografía similar. ¿Cuántas personas asistieron la producción viendo cuántas películas para detectar cuántas escenas con detalles específicos que sirvieran para mantener el paso del tiempo en The Clock paralelo al tiempo real en el que es proyectada? ¿Cuántas escenas están en la película? ¿Cuántas películas están en la película? Tres mil.
La importancia de que el filme acontezca en tiempo real es que la realidad fuera del filme acontezca en el tiempo del filme. Los acontecimientos seleccionados en la edición sugieren la simultaneidad con los que no fueron seleccionados, que a su vez, incluye el acontecimiento del espectador sentado en un cómodo sillón frente a la pantalla en una galería que simula una sala de cine, sobre una calle próxima al río Hudson en el barrio de Chelsea en Manhattan donde miles de personas trabajan al mismo tiempo. El constante cambio de escenas se extiende irremediablemente a aquello fuera de la pantalla que también sucede al mismo tiempo.





















