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Sábado, agosto 13th, 2011Lo que mi papá no nos había contado, que me lo dijo su hermano mayor, este verano en las Islas Canarias, es que llegó de Madrid a Paris, no por cuestiones de educación superior, (y que haciendo conciencia nunca en sus relatos reparó en la causa, por misterios de la tradición oral, de un momento a otro en la historia, aparece en otro mapa); sino por una francesita que conoció estudiando economía.
Y mientras observo las manchas que flotan por su piel tan blanca, en silencio me consulto si le preguntaré por aquella mujer que lo llevo de un país a otro, donde casi diez años después la que escribe tiene origen.
Una que otra relación a distancia me ha premiado con el alboroto setimental de esperar y ser esperado en el aeropuerto por alguien, a quien no ves hace meses, que quieres. El castigo correspondiente está agendado en unos días en el mismo lugar, con el derramamiento de lágrimas por la causa opuesta.
Lo siguiente puede resultarle, querido lector, de una ridiculez insoportable, pero esperar un año por mi padre, ha sido un sufrimiento innecesario agregado a otros malestares de la existencia cotidiana en la otredad. En esas horas en donde las llegadas del aeropuerto, mi sonrisa era del tamaño de la terminal. Por azares del destino, ese mismo día, cumplía un año de haber llegado yo misma a una nueva vida, de la que estoy segura, estarán hartos de leer en este maldito blog, mis complicaciones al respecto.
La espera es un estado emocional extremo. El precio, desde luego, no es recomendable, pero ciertamente, se experimenta una felicidad desmedida por la neurosis, que en el momento se agradece y después, como toda respetable sensación, se olvida el climax, pero queda una estela en la memoria, de aquellos pequeños instantes en los que el cuerpo y la mente no nos pertenecen.


