Archive for agosto, 2010

Semana No. 3

Domingo, agosto 29th, 2010

Un mesero hace más de setecientos dólares a la semana trabajando ocho horas durante seis días. Una renta cuesta en promedio setecientos dólares por habitación, más de la mitad de la beca. Un café cuesta dos dólares. Un café helado en tiempos de calor cuesta tres dólares. Una botella de agua podría costar un dólar. La cerveza más barata cuesta dos dólares, el billar, la música y los borrachos con mal aliento no tienen precio. Una Tecate + un shot te tequila cuesta cinco dólares en el bar de la esquina. Un six pack de marca registrada en el supermercado favorito cuesta cuatro dólares, ocho si se trata de cerveza irlandesa negra. Una ensalada pequeña cuesta siete dólares, es suficiente. Un irresistible helado de yogurt sabor a té verde de toppings ilimitados cuesta cuatro dólares. Una sopa en Whole Foods cuesta tres dólares, carísima. Un litro de leche cuesta tres dólares en Trader Joe´s. Un boleto del metro cuesta dos punto veinticinto dólares, la tarjeta de viajes ilimitados cuesta noventa dólares. El cine cuesta doce o cartorce dólares, quizás algún día. Una bicicleta puede comprarse con suerte en ochenta dólares usada, el candado cuesta veinte dólares, del casco no he querido saber. Unos lentes, mica + armazón, cuestan ciento ochenta dólares. Un paquete de pan integral cuesta un dólar con cuatro centavos en Chinatown. Un aguacate puede costar hasta 4 dólares con los granjeros orgánicos del mercado itinerante de Union Square.  Una lata de atún cuesta un dólar con treinta y cinco centavos. Un covertor de plumas cuesta veintinueve  punto setenta y cuatro dólares en Target. Un libro cuesta de diez a veinte dólares con impuesto, un libro usado de uno a cinco dólares en Housing Works, donde todas las ganancias son destinadas a la beneficencia de personas que viven en la calle y enfermos de VIH.

El calor asqueroso fascina a los locales, el aire acondicionado es un arma de doble filo. Cine gratis, proyecciones al aire libre, exposiciones callejeras y galerías abiertas con vino gratuito los sábados por la tarde. Museos que ofrecen conciertos. Escenarios en cada parque, jazz, rock, blues, música clásica, electrónica, afroperuana, toda la música. Festivales de cine latino, de cine mudo, de cine neoyorkino, de cine para niños, de cine de culto, de documentales e indocumentales. Festivales de literatura. Picnics. Mercados de pulgas.  Techos dispuestos a recibir cuanto humano no quiera dormir, indués, chinos, koreanos, japonéses, mexicanos, argentinos, chilenos, ingléses, irlandéses, colombianos, por mencionar a unos cuantos eternamente asombrados ante la vista de Manhattan a un río de distancia.

Qué hacemos aquí, hace cuánto llegamos, por cuánto tiempo. No lo sabemos. No queremos saberlo.

Una cajetilla de cigarros cuesta $11usd

Lunes, agosto 16th, 2010

Escribo este post desde un café en Brooklyn, a una semana exactamente de haber llegado a Nueva York.

Ojalá fuera posible que todos los seres humanos experimentaran por una vez en su vida el no ser absolutamente nadie entre paisajes desconocidos y que la causa del maravilloso desencuentro fuera un sueño por hacer realidad.

Ahora mismo me parece que no existe mayor fortuna que la no pertenecia.

Dejar México y llegar sola a Nueva York es lo más liberador que he experimentado.
Me pierdo cada día entre miles de seres humanos que igual que yo llevan su pasado en el corazón y el futuro en su imaginación.

Todo es una sorpresa, imposible perder la capacidad de asombro, las personas, de cualquier color y sabor, las estaciones de metro, los conciertos, los grupos sobre el escenario, los aplausos. La gran cantidad de ciclistas, el calor desproporcionado del verano, la lluvia que agradecemos. Las monedas que no logro identificar, el cambio que acumulo en un botecito para no pasar verguenzas usándolo. Las personas que celebran mi nacionalidad sin haber ido a México jamás. Los debates políticos en las lavanderías. El ilimitado esfuerzo de los inmigrantes por mantener sus barrios tan arraigados comos se pueda en su cultura. La comida internacional. La heterogeneidad. Quienes te llevan hasta donde vas. El silencio inexistente. Los helados de yogurt, el café helado. El agresivo aire acondicionado. La infinidad de historias que escuchar. Cruzar en cámara lenta un puente hacia una isla donde incontables seres humanos hacen su vida. Ver agua cada día.

Constantemente olvido quién soy, quién era y a qué he venido. Si estoy aquí de paso o si tarde o temprano me acostumbraré.

Aquí todo sucede al mismo tiempo, “you have to let go the feeling that you are missing something”, me dicen.

“No tengo nada que ver conmigo mismo” – Oliveira.

(En Nueva York la leche de soya no se diluye en el café.)