Una voz de película de terror anuncia que podemos usar electric devises y yo me apresuro a escribir este post por la emoción de hacerlo desde un avión.

Al final sí que podemos volar. En un instante despierto a la seductora sorpresa de que estoy flotando. Sonrío involuntariamente a la incredulidad de ver nubes a través de la ventana. Me parece que ahí está el infinito.
El cielo se ve como de cuento desde aquí, es lindo estar de este lado, del lado de dios, a quien no veo, por cierto. Las nubes están por debajo de nosotros y se iluminan por el sol de las seis de la tarde.

Es tan impresionante como mirar hacia arriba pisando el fondo del mar.
¿Qué decir del cielo que no se haya dicho antes?

Hay dos tipos de pasajeros, el que tiene unas ganas locas de platicar, quien saluda desde el primer encuentro cuando el otro aún está batallando apretado en el pasillo y el que sobre la marcha decidirá si le interesa o no.
“It´s just a two hour flight, right?” A mi izquierda está sentado un señor que no lee español. Trabaja para la embajada estadounidense, va de país en país haciendo no entendí muy bien qué, pero conoce casi todo el mundo. “Sounds like an intresting life” le dije, contestó: “Yeah… it´s ok. I´ve been doing it for a long time”. Al parecer está un poco harto y hubiera preferido quedarse en su casa en California. Me pregunto si llega la edad en la que aquello que te apasiona comienza a pesar. (Pienso en Bob Dylan y en si disfrutaría su presentación de ayer por la noche.) Encima vamos sentados junto a la puerta de emergencia, donde yo creí que uno tenía más espacio para estirar lo pies, y no sólo no podemos hacerlo sino que nuestros asientos no son reclinables y si hubiera alguna emergencia seríamos este viejito y yo responsables de mantener la calma y actuar como profesionales. No me agradó que nos tuvieran que explicar especialmente cómo abrir la puerta si algo malo sucede.

Mientras escribo y volteo constantemente a la ventana de mi lado derecho, se acerca el carrito con la cena tempranera. Yo, a cambio de las personas que suelen quejarse de la comida de cortesía, soy fan. En esta ocasión tenemos una simpática charolita de plástico negro tamaño infantil, que contiene una diminuta bolsita con zanahorias baby, un chocolate baby también y un sandwich que mi compañero de viaje ya ha devorado con la velocidad de un atleta.
Cada vez que me subo a un avión suena en mi mente “Don´t go away” de Oasis, porque alguna vez viajando sola la escuchaba una y otra vez en el radio aereo, era uno de esos vuelos de más de diez horas en los que al final uno ya se sabe de memoria cada texto al alcance y termina por aprenderse la programación del más adecuado canal quedando condenado de por vida a cierta asociación de ideas.
So don’t go away, say what you say, but say that you’ll stay, forever and a day in the time of my life, cause i need more time, yes, i need more time, just to make things right…
Ahí viene la documentación que hay que llenar. Mejor llenarla en el avión que llegando a tierra firme dicen las asafatas, pero prefiero reservar la actividad para la larga fila de aduana. Mi nuevo amigo, en cambio, se comporta como el pasajero con experiencia milenaria que es.
Ya casi llegamos. Aterrizar es un poco triste, ese breve pero agresivo rebote de las llantas sobre la carretera que da por terminado el viaje. El momento de los suspiros profundos. La mayoría volvemos a casa con historias diferentes que contar, probablemente olvidemos el cielo desde esta perspectiva hasta que volvamos a verlo desde arriba.
Y empezamos de nuevo, retomamos el curso natural de las cosas que poco cambió en nuestra ausencia, nos reintegramos a las vidas que detuvimos por un espacio de tiempo que se nos pasó volando.