La metáfora es un agente que convierte y traslada a la vez objetos o situaciones normales por una representación perturbada y asombrosa de ellas, que pretende el placentero escape momentáneo de la regularidad, y provee así, ubicación, sentido, entendimiento a nuestras vidas, pues el arte otorga nuevos significados que a la vez aportan a las formas de vivir una experiencia, que satisface el principio del placer.
Pero la metáfora de Nietzsche es un concepto que se remonta a los primeros momentos en que el hombre designó a través de sonidos las cosas que percibía en su entorno. Para él, el lenguaje no es metafórico hasta que cumple las condiciones de la creación artística, es metafórico ya a nivel cotidiano, en el hablar diario. La propiedad de mentira en la metáfora se origina en ese instante en el que lo pronunciado representa lo percibido sin tener relación directa con la cosa en sí, es decir, una designación que comenzó arbitrariamente, sin reglas aún. En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen. Primera metáfora. La imagen transformada de nuevo en un sonido. Segunda metáfora. El hombre se engaña al suponer que su pronunciamiento tiene una relación necesaria con el objeto designado, no cree equivocarse, pero no está en lo correcto.
Lo pronunciado que supone representa a una cosa que de hecho representa a muchas cosas a la vez, cosas con similares características, a pesar de que no todas las nubes son iguales, todas llevan el mismo nombre, incluso si esta denominación se divide en otras denominaciones más específicas, nunca habrá dos nubes iguales. Lo mismo sucede con todos los objetos y los conceptos de las cosas se forman sin tomar en cuenta las diferencias individuales entre ellos. No importan cuantos lenguajes existan en distintas comunidades, ninguno de los nombres es verdadero.