Creer, Saber, Conocer
Lunes, junio 4th, 2007El derecho a no creer es una entrevista de Miguel Bayón en El País, a dos académicos, un teólogo católico y un ateo. El ateo es Fernando Savater, un filósofo que muchos tuvimos que leer en las clases de civismo de la secundaria. Afortunadamente me obligaron a reinterpretarlo en la facultad y mi apreciación de sus textos pasó de verlos como una guía moral a una serie de cuestionamientos a la moral de la sociedad por alguien que piensa que en su mayoría es dañina. Un tipo encantador, con la inocencia y resignación que todo filósofo mayor no tiene más remedio que acatar, con el valor ensayado mil veces para abrir los libros más peligrosos y discutirlos, para después cerrarlos y delimitar el placer a uno mismo al cercarlo con la desepción de volver a la cruel realidad. El teólogo católico es José María Castillo, también español y teólogo jesuita de la liberación.
Es interesante que no hay contradicción en dos percepciones del mundo tan difererentes. Como Dios, imaginario o no, es un ser que requiere reajustarse constantemente a los cambios que acontecen en la humanidad como sociedad de individuos electivos. Y sobre todo, como se trata de un ser que no necesariamente corresponde a la religión. Por otro lado, Savater expone una angustia existencial atemporal y trascendente a cualquier religión.
P. ¿Sigue sirviendo Dios como consuelo ante la muerte?
F. S. Las funciones de vertebración social que cumplen las constituciones u otras leyes laicas, las cumplían antaño las religiones. Pero a partir del XVII la religión ha ido pasando a un plano más íntimo, más privado, con el cual también tuvo que ver desde el principio, y eso, más que el miedo a la muerte, es el rechazo a la idea de perdición, que es el gran enigma y la gran espina de la condición humana: sabernos mortales es lo que nos lleva a pensar. La idea de la muerte es inasimilable, ya decía La Rochefoucauld que: “Ni al sol ni a la muerte se les puede mirar de frente”. Pues uno de los cristales ahumados para mirar a la muerte es la idea de Dios y de salvación, de alguien que se ocupará de nosotros, aunque sea castigándonos; que no estaremos perdidos del todo. Eso sigue funcionando de un modo o de otro, porque negociar nuestra relación con la muerte nunca ha sido fácil.
J. M. C. Ante el sufrimiento la religión sigue cumpliendo un papel positivo para mucha gente, para hacerle más soportable la enfermedad, la vejez, la pérdida de un ser querido. Ahora bien, ofrecer una evidencia y una seguridad, no puede, porque no hay evidencia ninguna. Y esta esperanza en la otra vida que a algunas gentes les ayuda, en otras puede ser un verdadero peligro: el terrorista que se inmola pensando en…
F. S. En las huríes.
J. M. C. Claro, en ese caso la esperanza en la otra vida es un auténtico peligro. O eso otro tan terrible, la resignación, el aguante y el silencio ante injusticias que no se deberían de tolerar. Siempre recuerdo la afirmación del gran defensor de los derechos humanos de los negros en Estados Unidos, Martin Luther King: “Cuando se recuerden las grandes atrocidades que han ocurrido en el siglo XX, se verá que lo peor no han sido las fechorías de los malvados, sino el silencio de las buenas personas”. Y eso es terrible. Y a eso está llevando de hecho la religión.
F. S. Bueno, la idea de Marx de la religión como el opio del pueblo, como un adormecedor… Hoy la religión puede ser efectivamente el opio para algunos, porque les da resignación y les hace que soporten los males naturales y el poder establecido como si fueran parte de la voluntad divina; pero en otros casos no funciona como el opio, sino como la cocaína, porque para el terrorista más bien la religión para él es un terrible excitante. Aquello que decía don Pío Baroja de que el requeté era un animal que, una vez confesado y comulgado, atacaba al hombre. La religión no funciona como el opio, todo lo contrario.
J. M. C. Los casos actuales de terrorismo están ahí, pero recordemos que por ejemplo San Bernardo, en el siglo XII, escribió un tratado, Exhortatio ad milites Templi, para los cruzados, y empieza: “Donde se demuestra que matar al infiel no es pecado”.
F. S. Lo curioso es que es una exclusiva del monoteísmo. El Antiguo Testamento es una recomendación al genocidio cada cuatro páginas. El Corán, se lea como se lea, está lleno de incitaciones al exterminio del infiel y a extender una tierra dominada por los creyentes y tal. E incluso la figura de Cristo, que es el más manso de los profetas: también dijo que venía a traer la espada y la división.


