Qué lindo es llegar a la oficina escuchando “Misread” de Kings of Convenience, la inhospitalidad de esta ciudad se olvida un poco.
Terminé mi artículo. Compren la 24 X Segundo de agosto, en la portada estarán los Simpsons. Ahí estará un pequeño texto mío sobre cómo me parece que el cine le cambia la vida a uno.
Qué dificil es hablar de uno mismo y ser coherente para los demás.
Aquí les dejo la introducción, que finalmente no se quedó en el artículo que entregué.
Cómo me molesta ir al cine últimamente. No sólo resulta carísimo, un lujo para la mayoría, sino que se ve uno obligado a resignarse al olor a nachos con chile mientras sufre de escalofríos constantes debido al dramático nivel del aire acondicionado, sin olvidar otros pormenores como la incomodidad del reducido espacio para las piernas y la competencia por el reposo de los brazos con el de al lado, y eso suponiendo que la película en cuestión es buena y todo habrá valido la pena, habremos olvidado las carencias del lugar y de nuestra vida entera, pero si es mala, si nos aburrió, si no logró su cometido y no causó siquiera la mínima exaltación de nuestro estado emocional e intelectual, las expectativas del principio se transforman en una temible decepción. Las corporaciones que tienen el monopolio de las salas de cine en nuestro país me han arruinado las delicias del ritual al que muchos estuvimos acostumbrados desde la infancia. Extraño aquellas salas enormes que ofrecían dulces baratos y permanencia voluntaria.